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Indígenas queremos ser todos

© Juan Peláez

Cuando viajo quiero ser indígena. Y cuando vivo en mí día a día ¿por qué no?

Indígena es aquel oriundo de un lugar. Yo soy indígena español, tal vez tu de Francia o de Colombia. Qué más da. Sin embargo, se suele utilizar el término para pueblo nativos que estaban antes de las “colonizaciones” de otras culturas más recientes. Y lo que es más importante, indígena es el que habita su tiempo y su espacio con presencia, cuidado y magia.

Cuando viajo, me pregunto ¿Qué me aportan aquellas personas que estaban mucho antes que yo y otros idénticos a mi llegasen?

 Voy a regalarte los cinco diamantes esenciales que han enriquecido el tesoro de mi vida.

La relación brillante con la Tierra.

Muchas culturas originarias están vinculadas al territorio en el que viven con un lazo sagrado. La Tierra es parte de esos seres. Es una extensión de cada humano, el soporte vital, la maestra, la proveedora, la cuidadora de cada uno de nosotros. Esa vinculación con el Planeta como algo vivo, bidireccional, imprescindible y que es a la vez parte de mi y más grande que yo mismo me parece tan rica, que agradezco haberme dado cuenta de que también para mi es así. Y fue gracias a observar, escuchar y sentir  a los nativos de determinados pueblos de países por los que viaje.

El respeto por la comunidad.

 Para los aborígenes, no se entiende el ser humano que trabaja, vive, se divierte, existe solo para el mismo. El individualismo al que estamos acostumbrados no tiene cabida. El laborar es en comunidad, las penas, las fiestas, el trabajo… todos estos elementos tienen una componente de compartir, de enriquecerse juntos. De colaborar en la evolución del conjunto del colectivo, de la tribu. Hay una parte de uno mismo que es una parte de los demás. Las fronteras del ofrecer, del crecimiento van más allá. Mucho más lejos. La propia piel  se convierte en la piel de todos. Descubrí que el servir me sirve. Me hace mucho más grande que mi mismo.

El cabalgar entre los mundos

Cada vez que la ciencia avanza estamos más convencidos. Existe lo que vemos y lo que no. Y esta ultima parte es tan importante como la primera. Pertenezco a una cultura de lo visual, parece que aquello que no veo, lo que no  perciben mis sentidos, no existe. Sin embargo, los avances científicos revelan energías, campos y comportamientos más sutiles, menos “racionales”. Eso desde las culturas indígenas siempre ha estado presente. Lo invisible que nos rodea, los sentimientos, las relaciones, las energías entre todo y todos, son tan reales como la luz del sol. Ser consciente de ello me  permite dar un sentido de transcendencia a mi  existencia y ser más grande y respetuoso con cuando me rodea. No solo contamino con plásticos que se ven. También lo hago con expresiones que se oyen, con la energía de mis pensamientos. Qué bueno haberme dado cuenta.

La paciencia para disfrutar el momento adecuado para cada hecho

En algunas culturas dividen el tiempo en el nagual y en el tonal. Este último es en el que nos movemos nosotros. Lineal, segundo tras segundo. El otro es más circular, relativo, es ese espacio de temporalidad en el que entramos y donde la medida de lo que dura un periodo depende de cómo nos encontremos. ¿No te ha pasado que lees un libro, estas con la persona amada, estás viendo una película y dos horas son… nada y otras veces estás en la consulta de un médico y media hora es un mundo inconquistable? El tiempo es una construcción de nuestra mente. Y la temporalidad, el cómo lo vivo, depende de mí. En las culturas indígenas son capaces de estar ente esos dos mundos. De enseñarnos el arte de la paciencia. De esperar a que el momento más adecuado llegue cuando ha de venir.

La magia

Los primero pobladores de algunas tierras me han enseñado la magia. No como algo que sale del sombrero, ni como el producto de una droga ingeridas. Algo mucho más poderoso. El que cuando estoy en contacto con la tierra, cuando observo que más allá de lo visible y lo respeto, cuando tengo la paciencia, entonces aparece lo mágico. La sincronicidad se da. El autobús que tiene que llegar y no parecía que lo hiciese aparece, la persona que tiene una información de cómo continuar mi viaje llega  a mí, se abre una puerta en una casa y me enseña un  patio maravilloso, alguien me mira y me alegra el día en una jornada compleja… Eso es la magia, el fluir con la existencia y entonces los milagros… aparecen por doquier.

Colombia es un lugar para todo ellos hay más de un millón trescientos mil indígenas esperando para ofrecerte sus diamantes. ¿Te vienes?

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Hola, soy Cris

Apasionada de los viajes, empecé a viajar en el 2006. Por aquel entonces pocas mujeres viajaban solas, recuerdo esa
pregunta ¿Viajas sola?….Hoy en día eso ha cambiado, cada vez me encuentro con más mujeres viajando solas por el mundo.

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